Além participar de coletâneas de poesias e escrever dezenas de contos para revistas masculinas, Z.A. Feitosa publicou uma pequena novela (Mulher Macho: Sim, Senhor!), um livro de poemas (Asas Queimadas: Suíte), uma coletânea de contos eróticos (Algolagnia: Histórias reais e imaginárias), um livro de lembranças (O Íntimo Ofício: Memórias), um livro de poemas (Borboleta em Cinza - Salmos profanos), e recentemente, as memórias romanceadas de Etelvino A. Feitosa (Da Canga ao Cangaço: Dias de Serra e Sertão). Aposentado como contabilista, encontra-se voltado, exclusivamente, para o fazer literário.

Mulher Macho sim, senhor!
Editora Cortez, 1980

Asas Queimadas
Ed. Autor, 1981

Algolagnia
Histórias reais e Imaginárias
Econ Editorial, 1984

O Íntimo Ofício
Memórias
Ed. Scortecci, 2007

Borboleta em Cinza
Salmos profanos
Ed. Scortecci, 2008

Da Canga ao Cangaço
Dias de Serra e Sertão
Ed. TAL, 2012

* A tradução para castelhano se deve ao professor e brasilianista Rubén Valenzuela, de Veracruz, Mexico.

** Os livros "Asas Queimadas" e "Algolagnia" foram ilustrados pelo artista plástico e arquiteto João Carlos Bento.

 

TAPURU 
(In Mulher Macho sim, senhor! Editora Cortez, 1980)

Finalizaba el año de 1960 y las fiestas de Navidad se aproximaban. Ya estaba armada en la calle de la iglesia el tablado al aire libre que serviría de anfiteatro para las celebraciones mundanas de la Navidad.

Como todo año estaban programadas las representaciones de las pastorelas que eran pequeños dramas, compuestos de varias escenas, durante los cuales se sucedían cantos, danzas, partes declamadas y alabanzas delante de un pesebre, para festejar el nacimiento de Jesús.

Las dramatizaciones de esta función popular, en que un personaje masculino, el viejo, hace chistes con los espectadores y vende prendas en subasta, todo entremezclado con las presentaciones de una docena de personajes, las pastoras, los pastores, las mariposas, etc., hechas por dos equipos contrincantes denominadas azul y encarnado.

Durante mucho tiempo participé haciendo el papel de mariposa de el equipo azul, pero ahora sólo participaba como asistente porque me sentía un poco grandecita para ponerme alitas de mariposa y bailar, aunque fuese para alabar al Niño Dios. Bita se vestiría de pastor en aquel año y estábamos lejos de prever que aquella sería la última vez que tomaríamos parte de una pastorela.

Bita andaba ocupado con los ensayos de la pastorela y con la colocación del árbol de navidad que decidiera copiar de la revista "O cruzeiro". En aquel día pasó la mañana metido en el mato próximo de la villa en busca de una rama de árbol que tuviese la forma de un piñero para hacer su árbol de navidad. Regresó cerca de la hora del almuerzo con una rama de un pereiro[1], que había escogido para adornar con tiras de papel verde transparente, guarnecidas con flecos y copos de algodón, imitando la nieve.

En aquella época andábamos excitados, pensando en la noche de navidad. Pues era una de las pocas noches del año que podíamos salir solitos, gastar nuestros ahorros en tonterías, demorar un poco más en la calle, después de las ocho de la noche y practicar pequeñas travesuras en medio de la multitud.

Luego que acababa la pastorela en el patio, la multitud, precedida por los niños, se refugiaba en el mercado para comer y beber las golosinas típicas de la fecha. La ocasión era propicia para travesuras propias de esa edad. comestibles hechos de catulé[2] en el puesto de la feria de don Liberato, en cuanto él dormitaba arrullado por la luz ondulante de una lamparilla. Rapiñar los rosarios era, entre los inocentes delitos que los niños cometíamos, el que más me dejaba excitada y con las manos húmedas de sudor.

Después que adornamos la rama de pereiro, fuimos para la cubierta que mi padre improvisara con hojas de palma para abrigar la lavandería. Conversábamos animadamente cuando un colega de escuela de Bita llamado Pedro, a quien la cocinera de origen española del hotel que mi madre arredara, apodó de Perico por causa de sus pies de papagayo, suponíamos en principio, pero era en verdad la forma hipocorística de Pedro en español, nos trajo la noticia de que Antonio, al que yo apodara de Tapuru[3] porque era pálido y de labios oscuros, estaba de cama:

- Aide, Tapuru arrió! (Tartamudeó Perico, engullendo la letra l de mi nombre.

- Qué historia es ésta, Perico? Déjate de mal augurio.

- Es verdad. Está blanquito, como un copo de algodón. Ya parece ángel...(Sollozó Perico que no consiguió terminar la frase.)

- Madre, vamos a ir a la casa de doña Elvira. (Grité para mi madre asomada en la ventana, poniéndome enseguida en camino de la calle de las quemadas, donde moraba Tapuru y sus ocho hermanos en una pequeña choza de piso batido.)

El sol ya estaba casi ocultándose cuando llegamos a la casa en ruinas donde ellos moraban. Era desolador el aspecto de Tapuru. De cara sucia, como acostumbraba parecer, era de una palidez tal que evidenciaba la mugre como si fuese una máscara de lama.

Su madre no había regresado aún del remanso del río donde pasaba el día lavando ropa ajena para sostener a los hijos, después que su marido la abandonó por otra mujer con quien huyó para Cabedelo. Su hermano más grande estaba haciendo un atole de araruta[4], que le sería servido como cena, en una olla toda golpeada y oscura por el humo.

Nos quedamos desolados delante del estado de Tapuru y cuando estábamos ya acomodados para dormir, comenté con Bita que él no nos reconoció y me pareció con los ojos de pescado, demasiado opacos y no esbozaba cualquier reacción en cuanto su hermano le daba de beber el atole, que escurría de la boca, encharcando la toalla de cocina. Bita no acrecentó nada a mi comentario. Y al día siguiente no me sorprendí cuando aún estando en la mesa desayunando, masticando sin mucho ánimo un pedazo de tapioca, escuchamos el llamado de Perico.

- Que hubo, Perico? (Pregunté para él, sospechando cuál sería su respuesta.)

- Tapuru murió anoche.

Pedimos el permiso de mi madre y fuimos a la casa de doña Elvira. Tapuru estaba acostado sobre la mesa de pino que quedaba en el centro del cuarto, cubierto con un velo percudido por el uso, ya con una mortaja de ángel. Su rostro parecía claro, iluminado por una vela encendida sobre un platito con los bordes dañados. Era como si él se hubiese bañado por la primera vez.

Según nos dijo su hermano, su muerte había sido causada por vermes como la mayoría de las ocurrencias de ese tipo. Salían lombrices de su cuerpo, observé, tan amarillas cuanto su piel anémica. Doña Elvira, muda y con semblante impasible, sin demostrar cualquier sentimiento, suspendía las lombrices que dejaban el cuerpo de Tapuru, con un palito y la arrojaba en una lata oxidada de queroseno forrada de tierra.

Su entierro fue modesto y seguido por media docena de niños que llevaron el ataúd hasta el cementerio que quedaba en lo alto de la colina atrás de la iglesia, donde fue sepultado en un ala destinada a los indigentes fosa rasa y sin ataúd que debería retornar para la asociación de las hijas de María, de donde veríamos salir muchas veces para llevar al cementerio los cuerpos de otros niños.

Por mucho tiempo las imágenes permanecieron en nuestras mentes y en aquella Navidad no teníamos Tapuru en el grupo para distraer con su tartamudez a don Liberato y poder saquear su puesto de mangalhos[5] y doña Quiteria, la corpulenta esposa de don Liberato, debe haber extrañado que preguntásemos el precio de los rosarios de catulé y pagamos por ellos antes de llevarlos.

 


[1] Árbol de pequeño porte y que a veces es simple arbusto común en el noreste brasileño.
[2] Fruto de la palmera, géneros Cocos, levemente azucarados.
[3] Palabra de la lengua Tupi hablada por los aborígenes del noreste brasileño que significa: el bicho de la fruta
[4] Fécula alimenticia extraída de la raiz de ciertas plantas de América ecuatorial.
[5] Productos de la industria doméstica vendidos en la ferias y mercados de los poblados.

 

Tango - I 
(In Asas Queimadas, Ed. Autor, 1981)

 

Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza,
adecuado artefacto que pone a respirar
ruidosamente el quemante instrumento...

Um...u..um...u...ummmm..um!
Se interrumpe la vibración ruidosa
por la emisión sonora de la voz que sale del pecho
resonante y tibia...

Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza,
adecuado artefacto, haciendo con que no se
interrumpan las vibraciones en sonidos
resonante ytépidos...
Uñungue!
Se quiebra el hilo de sonido que se entrenzó en luz
en la fascinación circunspecta e intrusa!
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza,
adecuado artefacto que pone a respirar
ruidosamente el quemante instrumento...
Um...u..uim..u..ummmmm...um!
Se reextiende la emoción en el rasgueo del disco...
Uñungue...trungue!
Se interrumpe la vibración ruidosa
por la emisión sonora de la voz que sale del pecho
más resonante y más tibia...

Se escuha del corazón la exculposa queja
para atenuar la falta que no derivó
de la voluntad propia,
pero de un descuido resultante
de la inercia hablante que una escucha...
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza
adecuado artefacto que prolonga sin quebrar
insustentablemente lo que delicia y extasia,
los temblores de la voz
resonante y ardorosa
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza
adecuado artefacto que hace durar sin cesar
la imaginación que lacera el corazón con sus llamas,
parindo un estridente cariño de un gauchismo
contagiante, con todos los pesos del bien querer
que los corazones entretenidos se piden...

Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza
adecuado artefacto que inquieta, desasosega
como última pieza de este tercer instante...
El corazón se transforma en un fuarda voz
para conservar segura y presa, con todo el poder,
esta espresión de sonido que toca el alma;
el corazón se transforma en un guarda voz
para retener para otros instantes sin revelar el fuego
de este momento que se nutrió de energía
transpositiva, un estado de entrelazamiento
como un abrazo...
Uñungue!

 

Baile de debutantes 
(In ALGOLAGNIA - Histórias reais e Imaginárias,
Econ Editorial, 1984)

 

Yo no esperaba que ella aceptase la imposición de la familia. Me quedé furiosa, cuando Maroca me dijo que la vió de maletas listas en la estación de autobuses. Eso es algo que no se hace. !Ni se despidió! Entré en casa y salí en el mismo segundo. Tiempo para prevenir a mi madre. Iría a traerla para dentro de casa. Ya había hecho esto antes. Y no desistiría de esta vez, dije para mí misma. Quisiese o no el padre. Perderla, nunca. Mi amiga, al final. No convencería a mi padre de aceptarla, diciendo simplemente lo que ella había hecho por mí. !Diciendo que la amaba, peor!

Había alguien por atrás de todo. Muy bien planeado. Si no se hubiese ponchado la llanta del carro, ella habría sido llevada por la tía para Brasilia y sometida a un tratamiento. Me puse a conjeturar. No había nadie aparentemente capaz de armar aquella cilada. Me acordé que Tiquiña me había hablado de las conversas del cobertizo que la madre de ella había tenido con Ivete. Muchacha fingida. No sé por qué la madre de ella se enojó conmigo. Dejé también de endulzar la boca de ella con regalitos. Yo no trataba a la tipa con besos y dulces para que ella regase a los cuatro vientos que su hija estaba de amiga conmigo, cuando no decía que la hija había sido seducida por una puta barata. ?Imagina quién era la puta a la que ella se refería en sus discursos difamatorios? Yo. Justo ella que mató el marido con cuernos. Tan avergonzado andaba don Helio que se dió un tiro en el oído y murió en el mismo segundo. Joven y hermoso. !Qué escena más triste! Sangre por todos lados, manchando los sacos de trigo apilados en el almacén. Ella debería preocuparse con la otra hija. Aquella, sí. Toda la ciudad ya la vió en las calles oscuras del Barrio de la Estación, bien agarrada y tocándose con un ranchero. Al final, yo misma la vi salir del mato con el hijo del Dr. Américo. Allá cerca de la presa del Gato Prieto. En la fiesta del Buen Jesús estaba a los besos y festejso con José hijo. Se agarraba con cualquier tipo. Ya se había entrometido hasta conmigo. !Mujercita metiche! Salió a la mamá. Hija de piraña, es pez. Hasta Banzé, payaso del Circo Bartholo, fue visto en intimidades con ella. No salía del pabellón. A los agrados con los hermanos de él. Vivía para arriba y para abajo con los hijos de Ruy no carro del novio. El circo se fue. Ella desapareció. Hubo hasta quien dijese que ella había acompañado el circo. Otros inventaron un aborto que ella habría ido a hacer en Juan Pessoa.

Por causa de ella estoy en esta dificultad. ?Tengo la culpa si yo le gusto a Eliane ? Desde el baile de debutantes de 73. Tan nerviosa, en aquella noche. Ella se aproximó e indagó si estaba sintiéndome mal. No conseguí contenerme. El llanto corrió fácil y harto. !Suerte! Nunca fui con eso de pintar la cara. Dos antidistónicos para relajar. ?Piensa que ser lo que soy y ejercer la profesión que ejerzo no exige coraje y sangre fría? !Cómo exige! Estoy siempre enfrentando a las personas que hablan mal de mí. Cámara en la mano, cabeza levantada y una sonrisa en la boca. Enfrento sin bajar los ojos a todos los que me llaman de tortillera. !Terroritas sexuales! Transforman la vida de las personas en asunto de la sociedad. !Cada cosa absurda que yo escucho que da risa! !Cada nombre sin sentido! Una que otra vez, un segundo de locura. Me quedo loca de ganas de ser todo lo que dicen que soy. No hago ni un quinto d elo que hablan... !Salir por ahí seduciendo mozas! No daría cierto. Dejar de ser tonta. Ser una Joana Brito y acabar en la miseria en el Hospital Siquiátrico de Tamarineira, en Juan Pessoa. Si hablan mal de mí, a Dios entrego - le cabe la obligación de la justicia. No levanto un dedo contra mis agresores. Acostumbrada...

!Ni me gusta acordarme! La voz de la tía de ella aún me hiere el oído con su histerismo agudo. Dije groserías, a la amasia. No arranqué los cabellos de ella con jalones por piedad o respeto. Con edad para ser mi madre. A los gritos, hizo a todo el mundo volverse para mí. Me sentí como quien acabara de acuchillar un padre, atentando contra Dios y los hombres. Sólo no quería que se llevasen a Eliane. Pobrecita, una paloma sin odio. No ofende ni el bocado que come. Si resolviese, saldría por ahí, durmiendo con los machos de la ciudad. Dormiría hasta con los engrasadores de zapatos y mecánicos del taller de don Bento Xavier. Forma de probar que soy mucho más mujer que la esposa de don Domingo, el dueño de la tienda de material de construcción, que puso dentro de casa a Elenilta y anda del brazo con ella por las calzadas y hasta danza de rostro juntito en los bailes del Marizópolis Tenis Club. En el baile del 73, cuando e Eliane debutó, ella estaba allá, en carne y hueso, a los agrados con la muchachita y el marido se llenando de cuba libre. Hay quien diga que él no sale del baño de los hombres cuando bebe. Creo que es despecho. Marido bueno, él es. Con un hombre como él, hasta yo me casaría. Tonterías mías hacer del cuerpo mi instrumento de tortura si ha sido mi fuente de placer, aceptando casar con cualquiera. Estoy sin deseos de dar satisfacción para los otros. Nadie se ofrece para pagar mis cuentas, mas para dar consejos en mi vida privada, que se volvió asunto público, aparece uno atrás del otro. !Jódanse todos! Tiempo sosegado aquel en que enamoré con Raymundo Alves. !Tonta! ?Tenía que acabar todo? Él debe odiarme. Quiso hasta extrangularme. ?Lo iba a negar? No soy mentirosa. Tomé la espingarda de él. Miedo de llevar unos tiros. Hombre ninguno acepta haber sido cambiado por una mujer. No aguantaba más besarlo, pensando en Cleide.

Zelia, Leocadia, Joselia, Gildete, Chiquitinha, Cleide, Fátima, Eliane....y ahora Lucía. Se fueron metiendo en mi vida, mudándola, llegando y partiendo. Venía una mujer y me destrozaba el alma, otra juntaba los pedazos...Así las mujeres fueron tejiendo mi historia.

?Casar? Dios me libre y guarde de esta maldición llamada marido. ?Loca, yo? No tengo modos para eso. Ni modos ni instrumentos. Mi familia está ahí, para probar lo que afirmo. Marido no sirve para nada. No tendría la paciencia de mi hermana Zulmira (con aquel marido borracho y pedorrón), ni la frieza de mi hermana María (con un extranjero puerco y avaro que no da nada para ella. Ni sexo, obligación de todo marido. Ella tiene que arreglárselas por ahí) y mucho menos la locura de mi hermana Mimira (casada con un afeminado, marica con todos los cuernos de la especie, que ni respeto tiene por la desgraciada, llegando al disparate de ponerla a dormir en una hamaca en la sala con Carolina y acostarse en la cama de ellos con los amigos íntimos de él). Si fuese como mi hermano Ita, bien que yo querría tener un marido. Paciente. No sé, aquella mujercita de él...Decidida y agresiva, como hombre. Dando órdenes y contra órdenes. Tiene un modo que no me engaña. Mira, cuando ponga la vista en alguien, hago rayosX, no escapa nada. Parece que a ella no le gusta mucho ser mujer, al vestirse como un muchacho. Camisa de hombre, pantalones largos... Y tiene un toque extraño en la mirada que denuncia alguna cosa con la cual ella se debate en el fondo más profundo de ella. Por eso es tan tolerante con las levezas de él.

!Y pensar en todo lo que yo hice por ella! Perderla por causa de Ivete. Una tipa metiche la María Bonita. Usa hasta revólver en la cintura, como ladrón o maleante de retraguardia. Quiere ser hombre. Hombre, no; más para macho de la prehistoria. Sólo para mí no tuvo coraje de repetir la amenaza. Vi la hora de ella darme un tiro. También, más sin juicio e ingrata, es Eliane. Mereció los golpes que acerté en el rostro de ella.!Qué cara tan bonita tiene ella! Ojitos de niña sin padre, de niña pediche...Muero aún, de amores por ella. Tan cariñosa y atenciosa. Me acuerdo siempre de aquel baile de debutantes. Temblaba al fotografarla. El novio de ella ahí, a su lado, sin siquiera imaginar que había nacido entre nosotras dos una pasión loca y perdida. El mismo sentimiento que me llevó a traerla en aquel día para dentro de casa. Y me hace odiarla. Ni Lucía, con todo su esfuerzo me hace olvidarla. Lucía no hace caso se la ayudo. Tan necesitada últimamente. Ella sabe de eso. Quiere regresar a mí, mas no conviene. Yo hice que Lucía abandonase a Antonia y viniese en mi compañía. Ella no perdonaría, si la dejase por quien me dejó.

Os circos não eram iguais
(In O Íntimo Ofício - Memórias,
Ed. Scortecci, 2007)

Com saudade, recordo-me de um dia em especial, quando desembarcou, com sua trupe de cantores hispano-americanos, El Gran Circo de México, pois foi naquela época que os boleros, mambos, rumbas e outras canções com ritmos bem marcados, invadiram a minha alma de feição ibérica.

Normalmente, quando chegava um novo circo no povoado, eu passava o dia no pátio de vaquejadas a assistir à montagem do pavilhão. Só passava em casa na hora das refeições e voltava na hora de dormir, o que fazia bastante contrariado ou arrastado por uma serviçal do hotel, que a mando de minha mãe ia me buscar.

Diga-se de passagem, uma tarefa inglória, pois eu entrava com ela pela porta da frente e, minutos depois, fugia pela porta dos fundos. Mal eu acabava de cear, corria para a bilheteria do circo com alguns trocados na mão para comprar o meu ingresso para as gerais.

Era sempre um dos primeiros a chegar, porque queria garantir o plano mais elevado da arquibancada, pois era vital conseguir o melhor lugar naquela série de assentos dispostos à maneira de uma escada que chamávamos de poleiros, onde sentávamos os arquibaldos, como eram apelidados os assistentes da arquibancada ou freqüentadores da geral, que pagavam pelo ingresso o preço mais baixo.

O circo influenciava sobremaneira a minha rotina. De modo que, de dia brincava de circo e à noite ia ao circo. E quando os artistas faziam refeições no hotel, era cair a sopa no mel porque eu não perdia um espetáculo sequer, uma vez que esse detalhe assegurava um benefício supremo. Afinal podia entrar de graça todas as noites e sentar próximo da tribuna de honra que era destinada às autoridades locais.

Mesmo depois que os circos se despediam do povoado, os deuses do circo ficavam em torno de mim e minha alma permanecia impregnada de circo por muito tempo. Por muitos dias seguidos brincava de trapezista, equilibrista, acrobata ou de inflamado cantor de boleros.

Meus circos de brinquedo eram improvisados com as roupas dos varais espalhados pelo quintal, para desespero da lavadeira. E na falta de lençóis estendidos nos arames sobrava-me o velho mofumbal.

Meu irmão caçula apenas me ajudava a montar alguma coisa se eu lhe pedia, pois não tinha a menor aptidão para a arte do picadeiro, digo isso por conhecer de perto sua absoluta falta de talento para a dramaturgia em geral.

Eu, ao contrário, era um elenco: dançava, pendurava-me, repetia as piadas gastas e sem graças das quais ninguém ria e cantava com minha voz suave de rouxinol do brejo em tempo de seca, como dizia dona Mimosa, os sucessos da temporada, entre os quais uma canção chamada La Malagueña.

Essa canção eu cantava, a imitar o timbre e a interpretação de Joselito, um menino cantor e ator de origem espanhola que fez muito sucesso no cinema, principalmente com uma película originalmente intitulada “Aventuras de Joselito y Pulgarcito”, rodada no México.

 

Salmo 7
(Na aflição, roga ao anjo que se apresse em livrá-lo da saudade)
(In Borboleta em Cinza – Salmos Profanos,
Ed. Scortecci, 2007)

Sinto que esse silêncio anuncia o ocaso do amor, e não consigo calar meu soluço, tendo na alma cada dia essa tristeza.

2Minha alma, que suspira por ti, recusa o abandono; abriguei-me à sombra do teu amor; e não há a quem deseje além de ti.

3Minha mão estendida não alcança tua ternura; por isso de noite lembro-me dos teus carinhos; em ti se refugiou meu amor.

4Meu corpo estremece, se nos lábios tomo teu nome; causa desse padecimento é tua ausência, que faz murchar meu coração.

5Meus ouvidos necessitam da brandura das tuas palavras para abrandar os anseios do corpo, que padece longe das carícias.

6Meus olhos esperam em ti, que enches de alegria meu coração; tu és aquele em quem está o desejo que em mim se precipita.

 

O maracá e o arrasta-pé
(In Da Canga ao Cangaço: Dias de Serra e Sertão,
Ed. TAL, 2012)

A pensar no contratempo que estragou o dia, com o corpo ensaboado, Elvino esfregou os calcanhares na pedra. De cócoras, com uma cuia escurecida pelo uso, livrou-se da espuma e depois mergulhou nas águas mansas da acanhada barragem. Reanimado pelo banho, foi ter na modesta cozinha da casa, vestindo um calção de sarja azul, descorado pelo uso. Comeu o pirão de leite com maxixe em silêncio e, nesse entretempo, a mãe comentou o desejo de arrendar outra parte das terras, haja vista a intenção do genro que era de se mudar para Monte Haurido. Sem pressa, como era usual, limpou os dentes, com rapa de juá. Trocado o calção pela cueca de morim, vestiu uma roupa de linho, limpa e engomada. Espargiu água-de-cheiro na barba recém-afeitada e na parte posterior do pescoço. Ao deixar a casa, pediu a bênção da mãe, como era hábito, e avisou de que era plano voltar depois que o galo cantasse.

O modorrento crepúsculo, que ensombrava o roçado de subsistência que a mãe, com a ajuda de Marcelino e Balduíno, tocava na parte mais plana do terreno, a oeste da casa, o encontrou nas botinas lustradas, pronto para vadiar. A esmagar as sarças, que se enredavam pela vereda, foi aparelhar o cavalo. A caminho do cercado apequenado, escutou, além das próprias pisadas, os grasnados agourentos dum caburé desgarrado, um crocito tão rouco que arrepiou o cabelo. Ao se juntarem na cabeça a lembrança do maracá da cascavel com o lutuoso piado, ocorreu-lhe a ideia de mau agouro. Com o credo na boca, benzeu-se três vezes e forçou o sentido noutra coisa, mas o pensamento parecia agir ao revés do desejo.

Chegou ao samba à boquinha da noite, quando o concertista debulhava com a mão calejada os pequenos botões do teclado do instrumento, e no compasso dum xote, a menear a cabeça seguia o movimento do pregueado do velho fole da concertina de oito baixos, que distendia e comprimia com mestria. O ritmista tocava um pandeiro, batendo no couro com gestos afetados e certas momices. Presumido, brandia as soalhas, sacudindo-as no ar dum modo cadenciado e triunfal. Sobrepondo-se ao arrastado dos chinelos, ouvia-se o estalo seco das alpercatas de rabichos, que batiam contra os calcanhares endurecidos dos dançadores, seguindo na forma de contraponto o compasso binário da melodia.

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