Além participar de coletâneas de poesias e
escrever dezenas de contos para revistas masculinas, Z.A. Feitosa publicou
uma pequena novela (Mulher
Macho - Sim, Senhor!), um livro de poemas (Asas Queimadas - Suíte),
uma coletânea de contos eróticos (Algolagnia - Histórias
reais e imaginárias) e, recentemente, um livros de lembranças
(O Íntimo Ofício - Memórias) e outro de poemas (Borboleta
em Cinza - Salmos profanos). Ademais, encontra-se empenhado na divulgação
dos livros recém-lançados e na escritura de novas obras.
Aposentado como contabilista desde janeiro de 2008, encontra-se voltado,
exclusivamente, para o fazer literário.
* A tradução para castelhano se deve
ao professor e brasilianista Rubén Valenzuela, de Veracruz, Mexico.
** Os livros "Asas Queimadas" e "Algolagnia" foram
ilustrados pelo artista plástico
e arquiteto João Carlos Bento.
ALGOLAGNIA
Histórias reais e Imaginárias
Econ Editorial, 1984
|
TAPURU
(In Mulher Macho sim, senhor! Editora Cortez, 1980)
Finalizaba el año de 1960 y las fiestas de Navidad
se aproximaban. Ya estaba armada en la calle de la iglesia el tablado al
aire libre que serviría de anfiteatro para las celebraciones mundanas
de la Navidad.
Como todo año estaban programadas las representaciones
de las pastorelas que eran pequeños dramas, compuestos de varias
escenas, durante los cuales se sucedían cantos, danzas, partes declamadas
y alabanzas delante de un pesebre, para festejar el nacimiento de Jesús.
Las dramatizaciones de esta función popular, en que
un personaje masculino, el viejo, hace chistes con los espectadores y vende
prendas en subasta, todo entremezclado con las presentaciones de una docena
de personajes, las pastoras, los pastores, las mariposas, etc., hechas
por dos equipos contrincantes denominadas azul y encarnado.
Durante mucho tiempo participé haciendo el papel
de mariposa de el equipo azul, pero ahora sólo participaba como
asistente porque me sentía un poco grandecita para ponerme alitas
de mariposa y bailar, aunque fuese para alabar al Niño Dios. Bita
se vestiría de pastor en aquel año y estábamos lejos
de prever que aquella sería la última vez que tomaríamos
parte de una pastorela.
Bita andaba ocupado con los ensayos de la pastorela y con
la colocación del árbol de navidad que decidiera copiar de
la revista "O cruzeiro". En aquel día pasó la mañana
metido en el mato próximo de la villa en busca de una rama de árbol
que tuviese la forma de un piñero para hacer su árbol de
navidad. Regresó cerca de la hora del almuerzo con una rama de un
pereiro[1], que había escogido para adornar con tiras de papel verde
transparente, guarnecidas con flecos y copos de algodón, imitando
la nieve.
En aquella época andábamos excitados, pensando
en la noche de navidad. Pues era una de las pocas noches del año
que podíamos salir solitos, gastar nuestros ahorros en tonterías,
demorar un poco más en la calle, después de las ocho de la
noche y practicar pequeñas travesuras en medio de la multitud.
Luego que acababa la pastorela en el patio, la multitud,
precedida por los niños, se refugiaba en el mercado para comer y
beber las golosinas típicas de la fecha. La ocasión era propicia
para travesuras propias de esa edad. comestibles hechos de catulé[2]
en el puesto de la feria de don Liberato, en cuanto él dormitaba
arrullado por la luz ondulante de una lamparilla. Rapiñar los rosarios
era, entre los inocentes delitos que los niños cometíamos,
el que más me dejaba excitada y con las manos húmedas de
sudor.
Después que adornamos la rama de pereiro, fuimos
para la cubierta que mi padre improvisara con hojas de palma para abrigar
la lavandería. Conversábamos animadamente cuando un colega
de escuela de Bita llamado Pedro, a quien la cocinera de origen española
del hotel que mi madre arredara, apodó de Perico por causa de sus
pies de papagayo, suponíamos en principio, pero era en verdad la
forma hipocorística de Pedro en español, nos trajo la noticia
de que Antonio, al que yo apodara de Tapuru[3] porque era pálido
y de labios oscuros, estaba de cama:
- Aide, Tapuru arrió! (Tartamudeó Perico,
engullendo la letra l de mi nombre.
- Qué historia es ésta, Perico? Déjate
de mal augurio.
- Es verdad. Está blanquito, como un copo de algodón.
Ya parece ángel...(Sollozó Perico que no consiguió terminar
la frase.)
- Madre, vamos a ir a la casa de doña Elvira. (Grité para
mi madre asomada en la ventana, poniéndome enseguida en camino de
la calle de las quemadas, donde moraba Tapuru y sus ocho hermanos en una
pequeña choza de piso batido.)
El sol ya estaba casi ocultándose cuando llegamos
a la casa en ruinas donde ellos moraban. Era desolador el aspecto de Tapuru.
De cara sucia, como acostumbraba parecer, era de una palidez tal que evidenciaba
la mugre como si fuese una máscara de lama.
Su madre no había regresado aún del remanso
del río donde pasaba el día lavando ropa ajena para sostener
a los hijos, después que su marido la abandonó por otra mujer
con quien huyó para Cabedelo. Su hermano más grande estaba
haciendo un atole de araruta[4], que le sería servido como cena,
en una olla toda golpeada y oscura por el humo.
Nos quedamos desolados delante del estado de Tapuru y cuando
estábamos ya acomodados para dormir, comenté con Bita que él
no nos reconoció y me pareció con los ojos de pescado, demasiado
opacos y no esbozaba cualquier reacción en cuanto su hermano le
daba de beber el atole, que escurría de la boca, encharcando la
toalla de cocina. Bita no acrecentó nada a mi comentario. Y al día
siguiente no me sorprendí cuando aún estando en la mesa desayunando,
masticando sin mucho ánimo un pedazo de tapioca, escuchamos el llamado
de Perico.
- Que hubo, Perico? (Pregunté para él, sospechando
cuál sería su respuesta.)
- Tapuru murió anoche.
Pedimos el permiso de mi madre y fuimos a la casa de doña
Elvira. Tapuru estaba acostado sobre la mesa de pino que quedaba en el
centro del cuarto, cubierto con un velo percudido por el uso, ya con una
mortaja de ángel. Su rostro parecía claro, iluminado por
una vela encendida sobre un platito con los bordes dañados. Era
como si él se hubiese bañado por la primera vez.
Según nos dijo su hermano, su muerte había
sido causada por vermes como la mayoría de las ocurrencias de ese
tipo. Salían lombrices de su cuerpo, observé, tan amarillas
cuanto su piel anémica. Doña Elvira, muda y con semblante
impasible, sin demostrar cualquier sentimiento, suspendía las lombrices
que dejaban el cuerpo de Tapuru, con un palito y la arrojaba en una lata
oxidada de queroseno forrada de tierra.
Su entierro fue modesto y seguido por media docena de niños
que llevaron el ataúd hasta el cementerio que quedaba en lo alto
de la colina atrás de la iglesia, donde fue sepultado en un ala
destinada a los indigentes fosa rasa y sin ataúd que debería
retornar para la asociación de las hijas de María, de donde
veríamos salir muchas veces para llevar al cementerio los cuerpos
de otros niños.
Por mucho tiempo las imágenes permanecieron en nuestras
mentes y en aquella Navidad no teníamos Tapuru en el grupo para
distraer con su tartamudez a don Liberato y poder saquear su puesto de
mangalhos[5] y doña Quiteria, la corpulenta esposa de don Liberato,
debe haber extrañado que preguntásemos el precio de los rosarios
de catulé y pagamos por ellos antes de llevarlos.
[1] Árbol de pequeño porte y que a veces es
simple arbusto común en el noreste brasileño.
[2] Fruto de la palmera, géneros Cocos, levemente azucarados.
[3] Palabra de la lengua Tupi hablada por los aborígenes del noreste
brasileño que significa: el bicho de la fruta
[4] Fécula alimenticia extraída de la raiz de ciertas plantas
de América ecuatorial.
[5] Productos de la industria doméstica vendidos en la ferias y
mercados de los poblados.
Tango - I
(In Asas Queimadas, Ed. Autor, 1981)
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza,
adecuado artefacto que pone a respirar
ruidosamente el quemante instrumento...
Um...u..um...u...ummmm..um!
Se interrumpe la vibración ruidosa
por la emisión sonora de la voz que sale del pecho
resonante y tibia...
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza,
adecuado artefacto, haciendo con que no se
interrumpan las vibraciones en sonidos
resonante ytépidos...
Uñungue!
Se quiebra el hilo de sonido que se entrenzó en luz
en la fascinación circunspecta e intrusa!
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza,
adecuado artefacto que pone a respirar
ruidosamente el quemante instrumento...
Um...u..uim..u..ummmmm...um!
Se reextiende la emoción en el rasgueo del disco...
Uñungue...trungue!
Se interrumpe la vibración ruidosa
por la emisión sonora de la voz que sale del pecho
más resonante y más tibia...
Se escuha del corazón la exculposa queja
para atenuar la falta que no derivó
de la voluntad propia,
pero de un descuido resultante
de la inercia hablante que una escucha...
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza
adecuado artefacto que prolonga sin quebrar
insustentablemente lo que delicia y extasia,
los temblores de la voz
resonante y ardorosa
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza
adecuado artefacto que hace durar sin cesar
la imaginación que lacera el corazón con sus llamas,
parindo un estridente cariño de un gauchismo
contagiante, con todos los pesos del bien querer
que los corazones entretenidos se piden...
Uñungue...trungue!
El engranaje traga la ceñida pieza
adecuado artefacto que inquieta, desasosega
como última pieza de este tercer instante...
El corazón se transforma en un fuarda voz
para conservar segura y presa, con todo el poder,
esta espresión de sonido que toca el alma;
el corazón se transforma en un guarda voz
para retener para otros instantes sin revelar el fuego
de este momento que se nutrió de energía
transpositiva, un estado de entrelazamiento
como un abrazo...
Uñungue!
Baile de debutantes
(In ALGOLAGNIA - Histórias reais e Imaginárias,
Econ Editorial, 1984)
Yo no esperaba que ella aceptase la imposición de
la familia. Me quedé furiosa, cuando Maroca me dijo que la vió de
maletas listas en la estación de autobuses. Eso es algo que no se
hace. !Ni se despidió! Entré en casa y salí en el
mismo segundo. Tiempo para prevenir a mi madre. Iría a traerla para
dentro de casa. Ya había hecho esto antes. Y no desistiría
de esta vez, dije para mí misma. Quisiese o no el padre. Perderla,
nunca. Mi amiga, al final. No convencería a mi padre de aceptarla,
diciendo simplemente lo que ella había hecho por mí. !Diciendo
que la amaba, peor!
Había alguien por atrás de todo. Muy bien
planeado. Si no se hubiese ponchado la llanta del carro, ella habría
sido llevada por la tía para Brasilia y sometida a un tratamiento.
Me puse a conjeturar. No había nadie aparentemente capaz de armar
aquella cilada. Me acordé que Tiquiña me había hablado
de las conversas del cobertizo que la madre de ella había tenido
con Ivete. Muchacha fingida. No sé por qué la madre de ella
se enojó conmigo. Dejé también de endulzar la boca
de ella con regalitos. Yo no trataba a la tipa con besos y dulces para
que ella regase a los cuatro vientos que su hija estaba de amiga conmigo,
cuando no decía que la hija había sido seducida por una puta
barata. ?Imagina quién era la puta a la que ella se refería
en sus discursos difamatorios? Yo. Justo ella que mató el marido
con cuernos. Tan avergonzado andaba don Helio que se dió un tiro
en el oído y murió en el mismo segundo. Joven y hermoso.
!Qué escena más triste! Sangre por todos lados, manchando
los sacos de trigo apilados en el almacén. Ella debería preocuparse
con la otra hija. Aquella, sí. Toda la ciudad ya la vió en
las calles oscuras del Barrio de la Estación, bien agarrada y tocándose
con un ranchero. Al final, yo misma la vi salir del mato con el hijo del
Dr. Américo. Allá cerca de la presa del Gato Prieto. En la
fiesta del Buen Jesús estaba a los besos y festejso con José hijo.
Se agarraba con cualquier tipo. Ya se había entrometido hasta conmigo.
!Mujercita metiche! Salió a la mamá. Hija de piraña,
es pez. Hasta Banzé, payaso del Circo Bartholo, fue visto en intimidades
con ella. No salía del pabellón. A los agrados con los hermanos
de él. Vivía para arriba y para abajo con los hijos de Ruy
no carro del novio. El circo se fue. Ella desapareció. Hubo hasta
quien dijese que ella había acompañado el circo. Otros inventaron
un aborto que ella habría ido a hacer en Juan Pessoa.
Por causa de ella estoy en esta dificultad. ?Tengo la culpa
si yo le gusto a Eliane ? Desde el baile de debutantes de 73. Tan nerviosa,
en aquella noche. Ella se aproximó e indagó si estaba sintiéndome
mal. No conseguí contenerme. El llanto corrió fácil
y harto. !Suerte! Nunca fui con eso de pintar la cara. Dos antidistónicos
para relajar. ?Piensa que ser lo que soy y ejercer la profesión
que ejerzo no exige coraje y sangre fría? !Cómo exige! Estoy
siempre enfrentando a las personas que hablan mal de mí. Cámara
en la mano, cabeza levantada y una sonrisa en la boca. Enfrento sin bajar
los ojos a todos los que me llaman de tortillera. !Terroritas sexuales!
Transforman la vida de las personas en asunto de la sociedad. !Cada cosa
absurda que yo escucho que da risa! !Cada nombre sin sentido! Una que otra
vez, un segundo de locura. Me quedo loca de ganas de ser todo lo que dicen
que soy. No hago ni un quinto d elo que hablan... !Salir por ahí seduciendo
mozas! No daría cierto. Dejar de ser tonta. Ser una Joana Brito
y acabar en la miseria en el Hospital Siquiátrico de Tamarineira,
en Juan Pessoa. Si hablan mal de mí, a Dios entrego - le cabe la
obligación de la justicia. No levanto un dedo contra mis agresores.
Acostumbrada...
!Ni me gusta acordarme! La voz de la tía de ella
aún me hiere el oído con su histerismo agudo. Dije groserías,
a la amasia. No arranqué los cabellos de ella con jalones por piedad
o respeto. Con edad para ser mi madre. A los gritos, hizo a todo el mundo
volverse para mí. Me sentí como quien acabara de acuchillar
un padre, atentando contra Dios y los hombres. Sólo no quería
que se llevasen a Eliane. Pobrecita, una paloma sin odio. No ofende ni
el bocado que come. Si resolviese, saldría por ahí, durmiendo
con los machos de la ciudad. Dormiría hasta con los engrasadores
de zapatos y mecánicos del taller de don Bento Xavier. Forma de
probar que soy mucho más mujer que la esposa de don Domingo, el
dueño de la tienda de material de construcción, que puso
dentro de casa a Elenilta y anda del brazo con ella por las calzadas y
hasta danza de rostro juntito en los bailes del Marizópolis Tenis
Club. En el baile del 73, cuando e Eliane debutó, ella estaba allá,
en carne y hueso, a los agrados con la muchachita y el marido se llenando
de cuba libre. Hay quien diga que él no sale del baño de
los hombres cuando bebe. Creo que es despecho. Marido bueno, él
es. Con un hombre como él, hasta yo me casaría. Tonterías
mías hacer del cuerpo mi instrumento de tortura si ha sido mi fuente
de placer, aceptando casar con cualquiera. Estoy sin deseos de dar satisfacción
para los otros. Nadie se ofrece para pagar mis cuentas, mas para dar consejos
en mi vida privada, que se volvió asunto público, aparece
uno atrás del otro. !Jódanse todos! Tiempo sosegado aquel
en que enamoré con Raymundo Alves. !Tonta! ?Tenía que acabar
todo? Él debe odiarme. Quiso hasta extrangularme. ?Lo iba a negar?
No soy mentirosa. Tomé la espingarda de él. Miedo de llevar
unos tiros. Hombre ninguno acepta haber sido cambiado por una mujer. No
aguantaba más besarlo, pensando en Cleide.
Zelia, Leocadia, Joselia, Gildete, Chiquitinha, Cleide,
Fátima, Eliane....y ahora Lucía. Se fueron metiendo en mi
vida, mudándola, llegando y partiendo. Venía una mujer y
me destrozaba el alma, otra juntaba los pedazos...Así las mujeres
fueron tejiendo mi historia.
?Casar? Dios me libre y guarde de esta maldición
llamada marido. ?Loca, yo? No tengo modos para eso. Ni modos ni instrumentos.
Mi familia está ahí, para probar lo que afirmo. Marido no
sirve para nada. No tendría la paciencia de mi hermana Zulmira (con
aquel marido borracho y pedorrón), ni la frieza de mi hermana María
(con un extranjero puerco y avaro que no da nada para ella. Ni sexo, obligación
de todo marido. Ella tiene que arreglárselas por ahí) y mucho
menos la locura de mi hermana Mimira (casada con un afeminado, marica con
todos los cuernos de la especie, que ni respeto tiene por la desgraciada,
llegando al disparate de ponerla a dormir en una hamaca en la sala con
Carolina y acostarse en la cama de ellos con los amigos íntimos
de él). Si fuese como mi hermano Ita, bien que yo querría
tener un marido. Paciente. No sé, aquella mujercita de él...Decidida
y agresiva, como hombre. Dando órdenes y contra órdenes.
Tiene un modo que no me engaña. Mira, cuando ponga la vista en alguien,
hago rayosX, no escapa nada. Parece que a ella no le gusta mucho ser mujer,
al vestirse como un muchacho. Camisa de hombre, pantalones largos... Y
tiene un toque extraño en la mirada que denuncia alguna cosa con
la cual ella se debate en el fondo más profundo de ella. Por eso
es tan tolerante con las levezas de él.
!Y pensar en todo lo que yo hice por ella! Perderla por
causa de Ivete. Una tipa metiche la María Bonita. Usa hasta revólver
en la cintura, como ladrón o maleante de retraguardia. Quiere ser
hombre. Hombre, no; más para macho de la prehistoria. Sólo
para mí no tuvo coraje de repetir la amenaza. Vi la hora de ella
darme un tiro. También, más sin juicio e ingrata, es Eliane.
Mereció los golpes que acerté en el rostro de ella.!Qué cara
tan bonita tiene ella! Ojitos de niña sin padre, de niña
pediche...Muero aún, de amores por ella. Tan cariñosa y atenciosa.
Me acuerdo siempre de aquel baile de debutantes. Temblaba al fotografarla.
El novio de ella ahí, a su lado, sin siquiera imaginar que había
nacido entre nosotras dos una pasión loca y perdida. El mismo sentimiento
que me llevó a traerla en aquel día para dentro de casa.
Y me hace odiarla. Ni Lucía, con todo su esfuerzo me hace olvidarla.
Lucía no hace caso se la ayudo. Tan necesitada últimamente.
Ella sabe de eso. Quiere regresar a mí, mas no conviene. Yo hice
que Lucía abandonase a Antonia y viniese en mi compañía.
Ella no perdonaría, si la dejase por quien me dejó.
Os circos
não eram iguais
(In O Íntimo Ofício - Memórias,
Ed. Scortecci, 2007)
Com saudade, recordo-me de um dia em especial, quando
desembarcou, com sua trupe de cantores hispano-americanos, El Gran Circo
de México,
pois foi naquela época que os boleros, mambos, rumbas e outras canções
com ritmos bem marcados, invadiram a minha alma de feição
ibérica.
Normalmente, quando chegava um novo circo no povoado, eu
passava o dia no pátio de vaquejadas a assistir à montagem do pavilhão.
Só passava em casa na hora das refeições e voltava
na hora de dormir, o que fazia bastante contrariado ou arrastado por uma
serviçal do hotel, que a mando de minha mãe ia me buscar.
Diga-se de passagem, uma tarefa inglória, pois eu entrava com ela
pela porta da frente e, minutos depois, fugia pela porta dos fundos. Mal
eu acabava de cear, corria para a bilheteria do circo com alguns trocados
na mão para comprar o meu ingresso para as gerais.
Era sempre um dos primeiros a chegar, porque queria garantir
o plano mais elevado da arquibancada, pois era vital conseguir o melhor
lugar
naquela
série de assentos dispostos à maneira de uma escada que chamávamos
de poleiros, onde sentávamos os arquibaldos, como eram apelidados
os assistentes da arquibancada ou freqüentadores da geral, que pagavam
pelo ingresso o preço mais baixo.
O circo influenciava sobremaneira a minha rotina. De modo
que, de dia brincava de circo e à noite ia ao circo. E quando os artistas faziam refeições
no hotel, era cair a sopa no mel porque eu não perdia um espetáculo
sequer, uma vez que esse detalhe assegurava um benefício supremo.
Afinal podia entrar de graça todas as noites e sentar próximo
da tribuna de honra que era destinada às autoridades locais.
Mesmo depois que os circos se despediam do povoado, os
deuses do circo ficavam em torno de mim e minha alma permanecia impregnada
de circo
por muito tempo. Por muitos dias seguidos brincava de trapezista, equilibrista,
acrobata ou de inflamado cantor de boleros.
Meus circos de brinquedo eram improvisados com as roupas
dos varais espalhados pelo quintal, para desespero da lavadeira. E na falta
de
lençóis
estendidos nos arames sobrava-me o velho mofumbal.
Meu irmão caçula apenas me ajudava a montar alguma coisa
se eu lhe pedia, pois não tinha a menor aptidão para
a arte do picadeiro, digo isso por conhecer de perto sua absoluta falta
de talento
para a dramaturgia em geral.
Eu, ao contrário, era um elenco: dançava, pendurava-me, repetia
as piadas gastas e sem graças das quais ninguém ria e cantava
com minha voz suave de rouxinol do brejo em tempo de seca, como dizia dona
Mimosa, os sucessos da temporada, entre os quais uma canção
chamada La Malagueña.
Essa canção eu cantava, a imitar o timbre
e a interpretação
de Joselito, um menino cantor e ator de origem espanhola que fez muito
sucesso no cinema, principalmente com uma película originalmente
intitulada “Aventuras de Joselito y Pulgarcito”, rodada
no México.
Salmo 7
(Na aflição, roga ao anjo que se
apresse em livrá-lo da saudade)
(In Borboleta em Cinza – Salmos Profanos,
Ed. Scortecci, 2007)

Sinto que esse
silêncio anuncia o ocaso do amor, e
não consigo calar meu soluço, tendo na alma cada dia essa
tristeza.
2Minha alma, que suspira por ti, recusa o abandono; abriguei-me à sombra
do teu amor; e não há a quem deseje além de ti.
3Minha
mão estendida não alcança tua
ternura; por isso de noite lembro-me dos teus carinhos; em ti se refugiou
meu amor.
4Meu corpo estremece, se nos lábios tomo teu nome; causa desse padecimento é tua
ausência, que faz murchar meu coração.
5Meus ouvidos necessitam da brandura das tuas palavras
para abrandar os anseios do corpo, que padece longe das carícias.
6Meus olhos esperam em ti, que enches de alegria meu coração;
tu és aquele em quem está o desejo que em mim se precipita.
2006/2008© Z.A. Feitosa, todos os direitos reservados.